Carta del director
Camilo Irizo
espaciosonoro@tallersonoro.com

Algunas de las reflexiones sobre la problemática que se genera a causa de  la  comunicación  entre el potencial público interesado en la música clásica  y las propuestas sonoras de nuestros compositores actuales, como casi siempre, suponen debates encendidos y muchas veces de difícil resolución.

Si bien es cierto que una parte significativa del problema de la comunicación de nuestra música actual, por parte de casi todos los elementos que intervienen en ella,  es que sus reglas de juego han sido dictadas desde posiciones muy rígidas y, desde algunas perspectivas, con enfoques muy cerrados que cuanto menos provocaban antipatía, tampoco podemos utilizar este argumento como cerrojo a la escucha de las nuevas propuestas como esgrimen muchos de sus detractores. La música siempre ha sido algo más, independientemente de que tengamos que auxiliarnos con palabras para describirla y así transmitir nuestras sensaciones íntimas a otras personas. Con las palabras podemos inquirir y refutar, pero el arte de los sonidos está por encima de estas cuestiones.

Algo de verdad debe haber en el axioma de escuchar con nuevos oídos, porque a veces funciona. Evidentemente cualquier afirmación en el sentido que sea volverá a provocar debate y controversia, pero al menos la experiencia personal de muchos de nosotros, los intérpretes, es en este sentido.

Tampoco deja de resultar curioso que, a veces, cuanto menos sensibilizado se está con la música clásica en general, mejor se reciben las propuestas sonoras de la música actual, incluso de las comúnmente aceptadas como duras. Ya digo que no es ésta una información estadística, y que tiene el mero valor de experiencias personales, pero estos casos también se dan, y no son pocos.

Fundación FISAC, Toledo. Personas con capacidad artística, en un contexto totalmente ajeno a la música y con profesiones relacionadas con otras áreas, quedaron gratamente sorprendidos de la música de nuestros compositores actuales, en una mezcla de curiosidad y de haber descubierto nuevos sonidos, ambientes, o no sabían qué exactamente, pero que les resultó especialmente atractivo. No todos, evidentemente. Y lo que resulta más reseñable de esto último es que usaban los mismos argumentos y preguntas en contra que nuestros colegas intérpretes que son incapaces de oír más allá de principios del siglo XIX.