Carta del director
Camilo Irizo
espaciosonoro@tallersonoro.com


Una de las medidas más visibles que se han producido en estos meses y que ha tenido que ver con la actual crisis, cuestión aprovechada para remodelar el Consejo de Ministros, es el nombramiento de la nueva ministra de Cultura Ángeles González-Sinde y la designación de Félix Palomero al frente del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM). La justificación para la elección de este último ha sido la de contar con una persona que procede y que conoce de primera mano los problemas y potencialidades del sector, avalados por una buena trayectoria al frente de diversas instituciones musicales de nuestro país. Entre otras cosas, tendrá que enfrentarse ahora al reto de desarrollar las nuevas leyes de la Música y las Artes Escénicas y convertir su departamento en una Agencia Estatal de las Artes Escénicas. Esta situación, en cierta medida, ha supuesto nuestra minicrisis particular, que como era de esperar ha ralentizado todos los procesos importantes, incluido el apartado subvenciones, hasta que las nuevas líneas de actuación por parte de los recién nombrados responsables sean definidas y puestas en marcha. Sería deseable que las políticas precedentes que gocen de ciertas dosis de lógica y  buen funcionamiento se mantengan y apoyen para evitar estar continuamente fluctuando con la inevitable carga de  incertidumbre que esta situación conlleva.

En estos días de convivencia con el compositor mejicano Javier Álvarez, hemos podido saber que en su país existen varios  ensembles dedicados a la música contemporánea subvencionados al cien por cien en su actividad anual, cuestión que se repite en otros países de nuestro entorno, incluso con el apoyo de teatros y grandes espacios escénicos. La parte positiva de esta política sería la de la estabilidad de los grupos vinculado a una activación del tejido empresarial, que suele dar buenos frutos artísticos.  Estabilidad unida a la obligación de estar presentes en festivales y eventos musicales con relativa frecuencia, lo que revierte en una actividad artística importante, amén de otro tipo de ocupaciones de carácter didáctico o cultural.

No sé si esta es la fórmula ideal, porque también se me ocurren algunos inconvenientes, pero sea cual fuere, sí parece que debiera haber un modelo que permita una continuidad, al menos a medio plazo, de los grupos subvencionables en España.  Si lo que de verdad se pretende es el fomento y la perdurabilidad del tejido artístico y empresarial, tanto a nivel de Comunidades Autónomas como a nivel nacional, y dadas las características tan especiales en las que se sustenta la mayoría de la industria musical -me refiero a la dedicada a la música de creación actual-, hay que actuar en el sentido de dar confianza a las instituciones musicales para programar y proponer proyectos artísticos de cierto recorrido. Es mucho el tiempo y el trabajo empleados en ese sentido para verse abocado a una sola oportunidad, o experimentar el desasosiego que provoca no saber si al siguiente año se podrá llevar a  buen término la continuidad de un proyecto o de iniciar nuevas propuestas de futuro.

En épocas de crisis no solo nos queda refugiarnos en la música, en la buena música, sino también agudizar el ingenio y de paso esperar de las Administraciones Públicas el apoyo suficiente y preciso, y si es posible, dentro de los plazos razonables.