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Carta del director
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Los niños, en el papel de esponjas que tienen asignado, suelen ser el paradigma que empleamos los mayores a la hora de asemejar su manera de aprehender conocimientos, que les permitirán su desarrollo como futuros adultos, a la que debería ser una constante en nuestra carrera como tales. En cierto sentido se nos invita a una regresión, volver a posiciones menos dogmáticas y más atentas a todo lo que nos circunda, incluyendo en nuestro ideario alguna máxima que evite el anclaje en posturas radicales y extremas, que facilitan no solo la falta de conocimientos sino también la posibilidad de educar con garantías de que éstas no serán repetidas por nuestros educandos de manera sistemática y, por tanto, excluyente. Es fácil percatarse de una de las actitudes más frecuentadas a la hora de adquirir información por parte de los niños, que es la de observar y repetir esa observación hasta la saciedad. Si ven una película de su gusto, estos la visionaran tantas veces como sea necesario para que la gran cantidad de información que se les proporciona sea asumida poco a poco y en su totalidad, desprejuiciados por el tiempo y por el esfuerzo que esto les supondrá. Viene esto al caso por la similitud que presenta a veces esta situación, o al menos es lo que he podido constatar en gran cantidad de ocasiones, con la manera en que muchos nos hemos acercado a la gran música. Sin embargo, el pensamiento consumista, transversal a las cosas importantes en esta vida aunque (im)puesto como eje prioritario las más de las veces, parece haberse instalado sin grandes esfuerzos en la conciencia de músicos y programadores, provocando situaciones de desamparo o, cuanto menos, de falta de tacto para con las nuevas creaciones. Tenemos necesidad de devorar con extrema ansiedad y en este atracón nos estamos olvidando de lo esencial: saborear, degustar, paladear. Es imposible obtener tales placeres si las obras que se estrenan, indefectiblemente, lo hacen por una vez en su vida. Y, aunque lo sufrimos especialmente en la música actual, no deja de ser un mal extendido a todas las épocas. Es mucho el esfuerzo empleado en componer y ejecutar una obra para lo que usualmente se les suele recompensar. A veces somos demasiado exigentes a la hora de abordar las composiciones, y aunque la inmediatez del hecho sonoro es beneficiosa en algunos aspectos, necesitamos del reposo de la obra de arte en nuestra conciencia antes de decidir enviarla a nuestro particular limbo sonoro |
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