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Carta del director
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No es nada fácil para un joven compositor, como seguramente no lo fue ni lo será nunca, la noble tarea de combinar los sonidos y estos con el tiempo, como se aseveraba no hace mucho (¿quizás aún hoy?) en los principales tratados teóricos de nuestro país. Son variopintos los obstáculos que deben ir salvando (o de los que deben salvarse) para ir configurando una personalidad sólida, con fundamentos técnicos suficientes que les permitan abrir paso a sus propias ideas de cómo convertir el material musical en material artístico capaz de trascender los límites de la razón humana e ingresar en esa otra dimensión, a la que por cierto, a pesar de nuestros intentos literarios por definirla, siempre acaba por escabullirse, para pesar de filósofos y pensadores. Una de las múltiples vías de acceder a los grandes maestros -y cuando me refiero a éstos no lo hago desde el punto de vista de la fama adquirida, sino desde la capacidad de respetar los valores intrínsecos de cada cual, a pesar de la inevitable transferencia emocional y conceptual que conlleva todo flujo de información- es la de los cursos. Comprender de qué manera se generan los pensamientos musicales, a través de qué medios se consigue la fidelidad de las ideas, conseguir el compromiso entre lo ético y lo estético, superar los miedos de verse reflejado a través de una obra propia, son algunos de los condicionantes que mueven a las jóvenes generaciones a buscar los consejos de la experiencia, basados éstos tanto en un sentido propio de la búsqueda de una idea musical como de la transmisión de conocimientos universales adquiridos de generación en generación. Si todo este caudal de información es, además, complementado con la presencia de intérpretes, se cierra definitivamente el círculo en torno a las máximas posibilidades de aprendizaje. La presencia de éstos no solo es necesaria en cuanto a calibrar con exactitud la correspondencia entre lo pensado y lo que realmente suena; también lo es en cuanto al minucioso trabajo de campo, al estudio orográfico del sonido. Y no me refiero exclusivamente a las técnicas más actuales de composición. Casi todos los compositores que actualmente se encuentran impartiendo cursos, fueron a su vez alumnos de grandes maestros españoles o europeos de los que, visionando sus biografías, guardan el inestimable recuerdo de haberles proporcionado experiencias únicas para comprender y desarrollar una determinada técnica, un método exclusivo, la minuciosidad en el trabajo, una concreta visión histórica, las fuentes de donde nutrir la imaginación musical, y, en fin, la multiplicidad de hechos que pueden llegar a conformar la compleja personalidad unívoca de cada compositor.
Este tipo
de formación complementaria se renueva y refuerza con cada nueva
generación, vistos los excelentes resultados que ofrece. Y en un mundo tan
globalizado, ya no es una odisea poder compartir todas estas experiencias
con las grandes figuras de la composición en tu mismo país.
Afortunadamente, hemos entrado en una dinámica positiva en cuanto a este
tipo de actividades, cuyo reflejo se deja notar ya desde hace algún tiempo
en la música española. |
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